Sito XI

HOLA: Aquí me tenéis de nuevo. Pero muy liado; no me da la vida para mucho más que alimentar a mi prole. Aun así, he sacado un ratillo para contaros las novedades del Hayedo.

Me había propuesto no volver a hablar del tiempo, pero es que nos ha condicionado también el mes de abril: nevó a primeros, llovió a mediados, volvió a nevar algo la segunda quincena… Y tampoco hemos tenido calor y sí fuertes heladas la primera semana y temperaturas “verdaderamente primaverales” el resto. Por todo ello se ha seguido retrasando la primavera. Hasta el punto de que sólo al final de la segunda quincena comenzaron a brotar las hayas pequeñas y finalizó el mes con los grandes ejemplares sin haber roto aún las yemas. Eso se parece bastante a como era antaño, antes de que el clima se trastocase del todo y las hayas estén brotadas ya a mediados de abril.

Pero otros árboles y arbustos de mi bosque han seguido despertando. Me han llamado la atención y mucho los cerezos, en flor por toda la ladera y desde mediados de mes. Afortunadamente para los comedores de fruta, las nevadas no han dañado demasiadas flores. Sus primos los endrinos también han estado en flor, éstos en los claros algo más soleados. Y el brezo morado, que tanto se adelantó, está con un fin de floración casi normal.

Persistentes han sido las hepáticas, que aún siguen en flor en muchos rincones. Y comienza ya el esplendor del resto. Violetas, primaveras, dientes de león, botones de oro, celidonias, candiles… han ido cubriendo muchos rincones, progresivamente más altos, en la ladera. Y los últimos días de mes las aliarias y las saleps se han incorporado a esta alegría florida.

He seguido viendo y oyendo a un sinfín de pajarillos forestales. En este mes, dos llaman mi atención: el agateador común, rebuscando cada rincón de troncos y paredes. Y los chochines, que ya tienen muchos nidos en los que entran constantemente con gusanos. 

Pero la estrella de este mes ha sido el papamoscas cerrojillo, que se ha enseñoreado de todas las cajas nido de la entrada. Es otra especie que, junto con las hayas, no puede disimular el cambio climático, porque lleva años adelantando su llegada desde África. Oí al primer macho el día quince y han ido ocupado toda la Senda del Río. El resto de pajarillos forestales hemos continuado con nuestra tarea de cría.

Y si marzo fue el mes de las aves, abril lo ha sido de los reptiles. Desde el principio de mes han sido cada vez más frecuentes, sobre todo tomando baños de sol. Culebras de escalera, alguna víbora, unos pocos lagartos verdinegros… Pero en este grupo, el protagonismo ha sido para las lagartijas roqueras. En los claros más soleados han ido excavando sus nidos, en los que han depositado sus huevos.

Algunos son saqueados por culebras, tejones o incluso zorros, pero muchos siguen con actividad. Porque quien piense que todos los reptiles son progenitores descuidados se equivoca. Las lagartijas serranas cuidan de sus nidos y en muchas ocasiones sacan los huevos en momentos de excesivo calor para volver a introducirlos cuando la temperatura es óptima. Yo creo que se debe, como pasa con los cocodrilos, las tortugas y más reptiles, a que el calor determina el sexo de la prole y a la naturaleza no le interesa que toda una generación tenga el mismo sexo.

Me despido, pero no sin compartir la historia que nos contaba mi madre en el nido. Luego me he enterado que está basada en la fábula de Esopo que explica nuestro nombre y el crestón amarillo de nuestra cabeza:

Una antigua leyenda cuenta por qué el reyezuelo es el rey de las aves. Se disputaban entre todas ese honor ante el dios sol y acordaron que la que volase más alto sería proclamada soberana de los pájaros. Como en una carrera, comenzaron a volar al tiempo, ascendiendo rápidamente hacia el cielo. Empezaron a destacarse las que tienen el vuelo más potente y resistente a la vez: el halcón, el águila calzada, los milanos. Pero el águila real pronto dejó a todas atrás y siguió ascendiendo como una flecha. Cuando ya se agotó, segura de haber consolidado su apellido, comprobó sorprendida cómo uno de mis ancestros, aprovechando su pequeño tamaño, había volado con ella escondido en su plumaje. Por tan solo el cuerpo del reyezuelo, acabó la carrera por encima del águila, que pagó cara su soberbia. El sol le otorgó a mi antepasado el título de rey de las aves y le distinguió con uno de sus rayos sobre la cresta, que todos los reyezuelos heredamos.

Un saludo y hasta primeros de junio,

Sito. Mayo de 2022

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